viernes, 17 de noviembre de 2006




... Y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuera recuerdo de la muerte.
Francisco de Quevedo
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El horario nocturno siempre es molesto, y cuando se trabaja en un funeraria, tanto peor. Faltaba poco para la una cuando entró la llamada, había cuerpo avisó el dueño, ya estaba en la morgue, que no hay prisa, tenía seguro con nosotros, nos llamó la esposa. Era inusual, los alcohólicos pobres suelen quedarse sin familia.

Luis terminó su Coca Cola y encendió un cigarro, dijo que no quería manejar, que estaba cansado y podrían chocar. Josué sirvió de conductor, iban hastiados de tanto desvelo y tanto duelo. Giraudoux escribió que llevaba en él mil duelos que no eran suyos. Estos dos no los llevaban en sí, los llevaban tras ellos como una estela de repulsión y antipatía; hay en la gente que vive de la muerte algo como una suerte de aura tétrica y una expresión de burla ante toda tragedia que no deja de despertar recelo. Sentado en el carro una oleada urente retorcía a Luis, algo que podría ser una úlcera de desvelos, desnutrición y Coca Colas, o, a lo mejor, una risa sardónica reprimida por pudor, después de todo Luis no estaba muy bien de la azotea últimamente; fuera el origen que fuera atizó la sensación con un trago más, quedó satisfecho: se había despabilado.

Llegaron a la morgue y ahí estaba el occiso, la necropsia ya había sido realizada. Fue asfixia, sí por su propio vómito. No, no iba a aparecer en el periódico, no era lo suficientemente escandaloso y mucho menos lo suficientemente importante como para conmover a un periodista a esa hora; era tan sólo un bolito más de esos cuyo recuerdo se evapora tan rápido como el alcohol que los entierra.

Josué y Luis se enteraron de que la esposa ya no era tal. ¿Sería motivo del vicio? No, lo había abandonado precisamente por este. Iba con su actual pareja, ambos lo veían más con aversión que con lástima. No, no iban a pagar nada, lo haría el hijo, no había ido porque le daba vergüenza.

Comenzó el papeleo, Luis dijo que se sentía mal y fue a fumar afuera, al pórtico del cementerio. Conocía a aquel señor, habían ido a beber juntos un par de veces, incluso le había robado alguna botella de agua ardiente. Se hacía tarde, no sabía cuánto pues le habían asaltado y le robaron su reloj, a lo mejor con el próximo cuerpo podría conseguir uno. La muerte de aquel señor le recordó algunos paralelismo de las vidas de ambos, le había hecho vislumbrar un destino muy probable; la brisa arreció un poco desprendiendo algunas hojas y alguna incomodidad que no llegaba a inquietud; la incomodidad se dejo arrastrar por el soplo y se volvió un desatendido recuerdo, algo que había perdido su filo aunque no su solidez, al igual que los desgastados escalones del cementerio a los que tendría que regresar un poco más tarde.

1 comentario:

Mercedes dijo...

percibo monotonía, cotidianidad.... aun asi somos ciegos puesto que es en estos instantes tan cotidianos en los cuales se encuentra la esencia de la vida..