sábado, 23 de enero de 2010

No hay más utopía que la del movimiento

(Alex Misfud)

La rapidez con la que el carro me alcanzó para luego limitarse a seguirme dio inicio a la sospecha de mi muerte, a pensar que siendo la muerte algo tan arbitrario como la simpatía, la enemistad o la mala suerte no era un hallazgo digno de sorpresa en esta ciudad de enemigos gratuitos y criminales impunes.

Probablemente sería la iniciación de un pandillero, el debut de un asesino que, esta posibilidad sí me inquietaba, no sabría hacer las cosas bien. O tal vez alguno de esos psicópatas a los que les he negado el paso en las horas pico del tráfico para luego cederlo a un conductor respetuoso, piloto que habrá acerado su memoria al calor de la frustración y debía recordar muy bien las señas de mi carro. En fin, lo único seguro es que el carro me seguía y conforme me alejé de las calles más transitadas el vehículo se me fue acercando cada vez ya con más descaro, sin tomarse la molestia de hacerlo desde otro carril o dejando un par de vehículos de por medio. Ahora venía pegado a mí y con las luces altas, lo que malogró mi deseo de ver el rostro de mi asesino.

De vocación suicida y algo aburrido de todo pensé que sería una insensatez intentar eludir mi destino. Era, de cierta manera, un sosiego. Siempre temí que la muerte me encontrara en alguna situación vergonzosa como un infarto en pleno estado defecatorio o por algún accidente debido a un descuido estúpido. Que la muerte me encontrara al regreso del supermercado luego de comprar papel higiénico era quizá de una escatología sutil y acudir al supermercado siempre a la hora del cierre tenía también algo de descuido estúpido pero no insistí al respecto, después de todo salir al encuentro de la muerte en cualquier tipo de viaje era algo que me parecía volverla un poco menos tajante. Muriendo así podía otorgar a mis seres queridos la licencia de entregarse a la embriaguez del dolor de un luto sin objeciones, brillante, sublimado por la barbarie y el desamparo.


Pero pensaba tanto en el duelo que me había olvidado de la muerte. Entonces imaginé a los pandilleros en plena camaradería jugando fútbol con mi cabeza en la bienvenida al nuevo homie en algún barrio marginal durante una soleada mañana de domingo e imaginé también el triste final de mi carro en una huesera o algún predio de la policía. Se asomó a mi viente un calor parecido a la nostalgia: los hijos que nunca tuve (ni quise tener)y el tiempo desperdiciado en los talleres de mecánica con su olor a gasolina, aceite y fricciones, parecido al que expede la gasolinera donde se detiene mi perseguidor, en el momento justo para desilusionarme.

jueves, 14 de enero de 2010

la vida sigue

El deportado baja de un bus en la apacible convulsión de una terminal de buses costeña. De regreso a esa tierra que ya nada le significa, una fila de casas teñidas de descuido, el marco de los primeros pasajes de su imaginación, todo familiar e indiferente, ahora es el deportado (con acento fingido, unos cuantos dólares de fácil desperdicio y todo), un estigma nuevo pero ya no duele, es un prejuicio como cualquier otro, yo sé que es difícil ser cool con tan poco dinero pero si la vida es loca debe continuar.